El cielo era un destello de harapos celestes en la ventana
adornado de grises edificios. La
quemadura iba sanando poco a poco, aunque seguía insistente en su dolor para
recordar que debía ser más cuidadosa al abrir el horno. Era un lunes como
cualquier otro, o tal vez no, era el primer lunes que sentía el miedo al
fracaso, luchar por un sueño, tenerlo casi entre las manos y temer que se escape
como arena ¿Cómo manejarlo? Era algo que todavía no había aprendido. En su afán
de controlar todo, había algo que sabía que no podía: lo azarosa que
es la vida. Eso le generaba vértigo, angustia, dolor, hasta bronca, pero no podía hacer nada para remediarlo.
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